Un facho pobre no es un chiste, es una tragedia social. Es el resultado más grotesco de un sistema que no educa, que margina y que transforma la ignorancia en obediencia. Es el trabajador que repite como loro que “con la izquierda seremos Venezuela”, mientras le sube el pan, le bajan los bonos, lo echan sin indemnización y lo apalean en la calle si reclama. El facho pobre no nació así. Lo fabricaron. Se crió escuchando a su familia decir que los comunistas son malos, que hay que trabajar callado, que el patrón siempre tiene la razón. Vio en la tele que los pobres son flojos y que los inmigrantes vienen a quitarle lo poco que tiene. Nunca le enseñaron que gracias a las luchas sociales tiene salario mínimo, jornada de 45 horas y salud pública, aunque esté en ruinas.
Un facho pobre no tiene conciencia de clase, tiene esperanza aspiracional. Cree que defendiendo a los ricos se vuelve uno de ellos. Cree que si le sonríe al patrón, algún día será su socio. Y mientras tanto, vota por quienes le quitan derechos, criminalizan la protesta y lo mantienen justo donde está: abajo. Lo más patético es que repite discursos de odio, de clasismo, de racismo, contra otros como él. Le molesta el que marcha, el que exige, el que se organiza, porque le recuerda que él eligió arrodillarse. El sistema necesita fachos pobres. Son funcionales, obedientes, manipulables. Prefieren ver a su vecino jodido antes que reconocer que los verdaderos enemigos están en la cúspide, blindados por la prensa, los bancos y la política empresarial.
Despertar no es cómodo, es doloroso. Pero seguir dormido, creyendo que defendiendo al que te explota vas a vivir mejor, es un acto de servidumbre. Si estás abajo, no defiendas a los que están arriba. Despertar es el primer acto de rebeldía. Y eso, en este mundo, es revolucionario. © soy.la.guagua.apocaliptica.85














