Los traumas vividos en momentos cruciales de la vida, especialmente desde la infancia hasta los primeros años posteriores a la adolescencia, pueden influir de manera duradera en el desarrollo del cerebro y en el comportamiento durante la adultez.
Según una investigación realizada por el Instituto Italiano de Tecnología en colaboración con el IRCCS Instituto Giannina Gaslini de Génova, el factor que más incide no es tanto la naturaleza de la experiencia traumática, sino la edad en la que ocurre.
El estudio, financiado por el Fondo Italiano para la Ciencia (FIS Advanced) del Ministerio de Universidad e Investigación de Italia, fue publicado en la revista científica Cell Reports Medicine.
Se trata de un hallazgo que podría abrir el camino hacia tratamientos personalizados para conductas disfuncionales derivadas de traumas, como la agresividad, la depresión, la ansiedad y los déficits de atención.
Mediante el análisis de modelos murinos y la combinación de esos datos con información obtenida de un grupo de pacientes, los investigadores demostraron que un trauma sufrido durante la infancia puede provocar dificultades en la interacción social, mientras que un trauma experimentado durante la adolescencia tiende a generar comportamientos agresivos y dominantes.
En todos los casos estudiados también se observó la presencia de ansiedad.
Los análisis ómicos y proteómicos, capaces de examinar simultáneamente miles de genes y proteínas, revelaron que el impacto del trauma queda registrado de forma duradera en el cerebro, alterando el funcionamiento de regiones específicas.
Cuando ocurre un evento traumático, se activan procesos biológicos que modifican la estructura y el funcionamiento cerebral, como la muerte celular programada, el estrés oxidativo y la producción de vesículas a partir de las membranas celulares.
Los resultados muestran que los traumas tempranos afectan principalmente la amígdala, el hipocampo y el hipotálamo, mientras que los traumas ocurridos en etapas posteriores tienen un mayor impacto sobre la corteza prefrontal.
Gracias a esta investigación, el equipo identificó además un posible objetivo terapéutico: la proteína BDNF (Factor Neurotrófico Derivado del Cerebro, por sus siglas en inglés), considerada un regulador clave de la plasticidad cerebral.
Los científicos plantean que, al modular su vía de señalización, sería posible reducir los efectos de los traumas que ocurren durante la adultez temprana.
Los hallazgos sugieren la existencia de ventanas críticas del desarrollo en las que el cerebro es especialmente vulnerable a las experiencias traumáticas, pero también potencialmente más receptivo a intervenciones terapéuticas específicas.
Los investigadores esperan que estos avances permitan desarrollar tratamientos más precisos para los trastornos psiquiátricos asociados a eventos traumáticos, impulsando una medicina personalizada basada en la edad en que se produjo el trauma. ©ANSA















