Tras las amenazas, el ejército del presidente ruso, Vladimir Putin, entró en acción y reanudó los bombardeos en la zona de Kiev, alcanzando una fábrica militar.
La incursión fue anunciada por Moscú en respuesta a los ataques realizados en territorio ruso y atribuidos a los ucranianos, pero sobre todo se produjo a raíz del hundimiento del buque insignia del Mar Negro bajo los golpes de los misiles ucranianos que producía esa fábrica. En ese contexto, el presidente ucraniano Volodimir Zelensky, advirtió: «Todos debemos estar preparados para la amenaza nuclear de Rusia. Estamos preocupados por el posible uso de armas atómicas, pero todos deberían estarlo, no sólo Ucrania».
La furia rusa siguió hoy golpeando los principales frentes de la invasión, en el Donbás y en el este del país.
Así lo demostraron los violentos combates en Mariupol y las redadas en Kharkiv, que no perdonaron a los civiles que intentaron escapar en un autobús.
En las últimas dos semanas, Kiev y sus alrededores habían vuelto a respirar, tras el progresivo reposicionamiento del ejército ruso en el frente sureste del país.
Sin embargo, Moscú decidió romper este frágil equilibrio.
«Misiles Kalibr de largo alcance y alta precisión lanzados desde el mar golpearon la instalación militar en Vizar, en las afueras de Kiev, destruyendo las instalaciones de reparación de sistemas de misiles antiaéreos de largo y mediano alcance, y de producción de misiles antibuque», anunció el portavoz del Ministerio de Defensa ruso, Igor Konashenkov.
Además, advirtió que «el número y la escala de los ataques con misiles en Kiev aumentarán, en respuesta a cualquier acto terrorista o sabotaje en territorio ruso» realizado por los ucranianos. Los allanamientos a la estructura militar de Vizar, por lo tanto, se presentaban como la primera represalia en territorio de Kiev tras los ataques a algunas aldeas de las regiones de Belgorod y Bryansk, en territorio ruso (con varios heridos), que según Moscú se llevaron a cabo por helicópteros ucranianos.
Pero también es cierto que en la fábrica afectada se producían los misiles Neptune, los mismos que provocaron el hundimiento del Moskva, el buque insignia de la flota rusa.
La renovada presión sobre Kiev no frenó las operaciones militares rusas en el sureste.
En Kharkiv, las autoridades locales denunciaron la muerte de siete civiles y decenas de heridos tras un allanamiento de los autobuses utilizados para las evacuaciones.
Mientras, en Lugansk, el ejército invasor intentaba tomar el control de los asentamientos de Popasna y Rubizhne.
En un solo día, se registraron 26 ataques en todas las ciudades en disputa, incluida Severdonetsk, uno de los centros más grandes de la región que aún está en manos de Ucrania.
En el frente sur, los rusos, tras perder el Moskva, reaccionaron con otra lluvia de misiles.
En Mykolaiv, según el consejo regional, se atacaron áreas residenciales y al menos dos civiles murieron frente a una iglesia.
Una vez más, según trascendidos, se utilizaron bombas de racimo prohibidas por convenciones internacionales.
Los rusos desplegaron armas cada vez más poderosas también para ganar la madre de todas las batallas, la de Mariupol.
En la ciudad mártir, por primera vez desde la invasión, el Ejército utilizó un bombardero de largo alcance, con el objetivo de eliminar los últimos focos de resistencia.
«Los rusos avanzan con agresividad y los combates son feroces, la situación es crítica», admitieron los comandantes de la brigada de la Armada ucraniana, que combate junto al batallón Azov.
Las tropas restantes, apenas unos miles, están atrincheradas sobre todo en el reducto de Azovstal, la gran acería que con su red de túneles permite escapar de los ataques enemigos.
Pero el tiempo y la fuerza se están agotando.
Los últimos defensores de Mariupol, a estas alturas, solo ven una posibilidad: que Kiev intervenga para «desbloquear la situación lo antes posible. Militar o políticamente».















