Pasa casi dos meses del año en completa oscuridad, está aislada del resto del mundo y vive bajo una nube constante de contaminación. Norilsk, en el norte de Rusia, es conocida como “la ciudad más deprimente del planeta”.
Ubicada a casi 3.000 kilómetros de Moscú y sobre el permafrost del Ártico, es la ciudad más septentrional del mundo. El frío extremo, la noche prolongada y las duras condiciones hacen que vivir allí sea un desafío diario para más de 170.000 personas.
No hay rutas que lleguen a Norilsk. Solo se puede acceder por avión o por un tren de carga que conecta con un puerto que se congela en invierno. Durante años, incluso el acceso a internet fue limitado y precario.
La ciudad creció alrededor de la minería de níquel, cobre y paladio. Su historia está marcada por el trabajo forzado en tiempos soviéticos: miles de prisioneros del Gulag fueron obligados a trabajar allí y más de 18.000 murieron en condiciones extremas.
Hoy, Norilsk es una de las ciudades más contaminadas del mundo. Cada año se liberan millones de toneladas de gases tóxicos y cerca del 1% del dióxido de azufre global proviene de esta zona.
Las consecuencias se reflejan en la salud: la esperanza de vida es 10 años menor que el promedio ruso y las tasas de cáncer y enfermedades infantiles superan ampliamente las del resto del país.
En 2016 y 2020, ríos cercanos se tiñeron de rojo tras derrames industriales, generando imágenes impactantes y la declaración de emergencia por parte del gobierno ruso.
La falta de luz solar provoca el llamado “síndrome polar”, con problemas de memoria, cambios de humor y deterioro cognitivo. Paradójicamente, en verano el sol no se pone durante más de dos meses.
A pesar de todo, muchos eligen quedarse: los salarios mineros superan el promedio nacional y la empresa sostiene una parte clave de la economía rusa, aunque las promesas de reducir la contaminación siguen sin cumplirse del todo.















