Cuando hablamos de que la pobreza se encuentra feminizada lo decimos con fundamento y las estadísticas lo sustentan. Las mujeres estamos más desocupadas, somos más pobres y estamos más precarizadas. Tener que dedicar más tiempo al trabajo doméstico y de cuidado no remunerado nos relega a empleos peores pagos y más precarios. En el porcentaje de la población de menores ingresos 7 de cada 10 son mujeres y la tasa de desocupación en jóvenes de 14 a 29 años alcanza el 23,1 por ciento en las mujeres mientras que en varones es de 18,5 por ciento.
Una evidencia de la vulnerabilidad en la que nos encontramos se puede ver en la economía popular, pero, ¿quiénes son? Son los excluidos y marginados del sistema, sin acceso al mercado de trabajo formal y tuvieron que inventarse su propio trabajo. Es un universo que alcanza a casi 3,5 millones de personas que hacen trabajos por cuenta propia, con una máquina de coser en sus casas o en talleres clandestinos, juntan cartones, cultivan la tierra, salen a vender en la vía pública, se vuelcan a emprendimientos precarios de escaso capital tecnológico, se dedican al trabajo doméstico de manera informal, etc. Este sector se fue aglutinando en unidades productivas populares; en cooperativas textiles, en la agricultura familiar, ferias, centros de reciclado, se organizaron en los barrios populares y en el trabajo comunitario para mejorar sus condiciones de vida y buscan ser reconocidos como trabajadores.
En el total de las actividades que componen la economía popular la participación de mujeres es cercana al 60 por ciento. Las estimaciones de la Federación de Cartoneros, Carreros y Recicladores (FACCYR) a nivel nacional da que hay entre 150 y 200 mil cartoneros de los cuales al menos 90 mil son mujeres. En CABA, hay un total de 11 mil cartoneros de los cuales 60 por ciento son mujeres. Más de 5 mil están dentro del Sistema de Reciclado con Inclusión Social y el resto se encuentra por fuera. En Provincia de Buenos Aires se estima que existen alrededor de 40.000, número que está creciendo en los últimos años y podría llegar a 70.000 (incluye a quienes trabajan en basurales, carreros y recuperadores puerta a puerta). Alrededor de 30.000 son mujeres.
En la rama textil la distribución por género es equitativa, ya que suelen trabajar con la familia y/o cónyuges y existen cooperativas solo de mujeres. Identifican algunos problemas de desigualdad en el trabajo, por ejemplo, en la baja productividad de las mujeres al tener que ocuparse de las tareas del cuidado, o que las negociaciones con los fabricantes en general las hacen los varones. Actualmente algunas cooperativas organizadas en CTEP-MTE comenzaron a atender la necesidad de crear guarderías, pero previamente las que no podían mudar su trabajo al polo textil eran las mujeres y se quedaban trabajando en sus casas reproduciendo un esquema de desigualdades y precarización.
En la actividad rural también la distribución es pareja, y persiste la dependencia económica que tiene de fondo el acceso a la tierra (titulación y contratos de alquiler) que están siempre a nombre de los hombres. Existen desigualdades en la carga del trabajo doméstico, la responsabilidad de la crianza y el nivel educativo. Uno de los problemas fundamentales es la violencia doméstica.
En cuanto al trabajo sociocomunitario en ollas y merenderos desde la creación del Salario Social Complementario, por primera vez, las tareas de reproducción de la vida son consideradas como una rama más del trabajo y perciben un salario, aunque sea insuficiente.
Las compañeras se organizan en talleres, asambleas, asesoramiento en situaciones de violencia, en educación sexual y reproductiva, bachilleratos populares para acceder a la educación.
Pero en un contexto de avance de las políticas de ajuste y pérdida de derechos este sector vuelve a crecer y hay nuevos excluidos. Las más expuestas a caernos del sistema somos las mujeres, las más desocupadas, pobres y precarizadas. Las primeras en ser esas costureras, cartoneras, productoras de la tierra, trabajadoras domésticas, en hacer el trabajo comunitario. Si se habla de la feminización de la pobreza necesariamente tenemos que hablar de la economía popular porque somos las más vulnerables, quienes en tiempos de crisis tenemos que salir a inventarnos nuestro propio trabajo para pagar la olla.
* Trabajadora de la Economía Popular y candidata a diputada nacional por el Frente de Todos.
**Economista del Observatorio de Coyuntura Económica y Políticas Públicas-OCEPP.
Fuente: Página 12















