Por Diego Migliard. La última semana alcanzó los titulares de medios especializados la historia de cómo un programa de la televisión belga (en asociación con el Mejor Sommelier de Bélgica 1988, Éric Boschman) logró ingresar en un concurso de vinos una etiqueta adulterada, y de esa forma, presentar en el mismo un vino de 2,50 Euros.
Hasta ahí nada que los “chicos” de CQC no hubieran podido llevar a cabo. Pero LA historia no hubiera sido tal si el vino en cuestión no hubiera ganado una medalla de oro. Y los medios se hicieron eco alrededor del mundo (desde el belga 7sur7 hasta nuestro Memo mendocino)
El detalle de que el vino fuese premiado hizo que el escándalo estallara y un ejército de detractores de puntajes, concursos, críticos y demás estructuras del mundo vitivinícola salieran una vez más a “cascotear” el sistema.
Ahora, lo que no encontré en ningún lado es que alguien se hiciese la pregunta ¿por qué un vino de supermercado no puede ganar una medalla de oro?
En Argentina vemos cómo la calidad en nuestras etiquetas alcanza todas las franjas de precio. No nos debería llamar la atención, porque de hecho, nuestras góndolas están llenas de vinos premiados.
Por otro lado, si consideramos que un concurso de vinos a ciegas no debería ser influenciado por marcas, enólogos ni precios, perfectamente cualquier vino del mercado y de buena calidad podría llevarse una medalla.
Con esto no quiero decir que éste haya sido el caso del Concours international de vin Gilbert & Gaillard (el concurso de la “broma” belga). Sólo señalo algo que en estos días fue dado por sentado por quienes tiraron frases como “los concursos están arreglados”, “las muestras se preparan”, “los puntajes no sirven” y otras tantas similares. Si damos por cierto eso y asentimos que un vino de supermercado no puede ganar una medalla, ¿qué le queda al consumidor al pararse frente a una góndola? ¿O sólo pueden ganar medallas los vinos de (decenas de) miles de pesos que desfilan los fines de semana por redes sociales y que sólo unos pocos pueden disfrutar?
Debemos desde la comunicación desterrar ese prejuicio de que el vino de supermercado o el vino económico es malo y trabajar en entender que la relación precio – calidad de un vino puede variar y ser mayor o menor en todas la franjas de precios.
Pero sobre todo, convencernos que hoy, 2023, no hay vino malo en Argentina (sí, Checa, estamos de acuerdo en eso). Quitemos de la discusión si tal o cual estilo nos gusta o no y corrámonos de los defectos (nadie está exento). Seguramente habrá excepciones que no faltan a la regla. Pero los que hace décadas disfrutamos de nuestra bebida nacional bien sabemos que hubo épocas en las que había vinos que no se podían tomar.
Por cierto, el Día del Chardonnay no es el último jueves de mayo y ya te lo conté acá y acá.















