El compositor y director de orquesta italiano Ennio Morricone (1928-2020), autor de las bandas sonoras de más de quinientas películas, es homenajeado por el cineasta Giuseppe Tornatore en el documental «Ennio, el maestro», que se exhibirá en la octava edición de la Semana del Cine Italiano, del 29 de septiembre al 5 de octubre, en Buenos Aires.
«Deja innumerables partituras, pero, sobre todo, el testimonio de un hombre que, a pesar de estar ligado a la artesanía del estudio, desarrolló una visión amplia en la que hacer música se sitúa en una dimensión social, ética y cultural; no solo estética», afirmó Marco Morricone, uno de los hijos del maestro.
Morricone dialogó con ANSA en ocasión de la presentación del film en la reseña organizada por Cinecittá, con el apoyo de la Embajada de Italia, el Instituto Italiano de Cultura de Buenos Aires y la Agencia Italiana para el Comercio Exterior (ICE).
En el filme -que obtuvo, entre otros galardones, tres David di Donatello en 2021, Mejor Documental, Edición y Sonido- distintas piezas musicales son recordadas en detalle por cineastas como Bernardo Bertolucci, Dario Argento, Marco Bellocchio y Lina Wermüller y músicos, entre otros, Joan Baez y Bruce Springsteen.
Su mayor legado es, sin embargo, su gran humildad y determinación, que lo ayudaron a escalar hasta lo más alto, casi sin proponérselo, y a hacer frente a las adversidades y a las críticas de quienes lo consideraban demasiado innovador.
Según Marco, para el autor de la inolvidable banda sonora de «Cinema Paradiso», «escribir música era un acto que llamaba constantemente a reflexionar y, por lo tanto, a plantearse interrogantes sobre su identidad y función como autor, sobre las relaciones de su obra con otras formas de expresión, sobre el encuentro con el público, sobre la naturaleza misma de la creatividad artística».
Morricone solía decir que las melodías que componía «le llegaban», mientras observaba una manifestación por una ventana o haciendo la fila para pagar la factura de gas. Sin embargo, investigaba incansablemente el contexto histórico y cultural de cada película, material que le servía para hacer los arreglos musicales, devenidos en marcas de fábrica.
Así como despertó admiración, también generó resquemores, especialmente entre sus colegas italianos, que al inicio de su carrera lo subestimaron por dedicarse a componer bandas sonoras, como si se tratase de un trabajo menor. Sin embargo, el maestro nunca hizo mención a esos desaires.
«Papá era muy reservado, sufría en silencio, consciente de que el camino de experimentación llevado a cabo en el campo de la música de vanguardia debía volcarse constantemente en un trabajo ‘aplicado’, cuyas invenciones tímbricas, soluciones formales, estrategias compositivas y mezclas estilísticas hicieron época en la historia del cine», sostuvo.
Precisó que «al mismo tiempo, mucha de la experiencia del trabajo ‘aplicado’ se volcó, o al menos se vio reflejada, en la producción ‘absoluta’. Y es en la organicidad y singularidad del molde d la música ‘absoluta’ y ‘aplicada’ donde radica la cualidad más específica de su arte». Está claro que las búsquedas del compositor no tenían límites, como lo demuestra su participación, entre las décadas del 60 y del 80, en el Grupo de Improvisación Nuova Consonanza, que no usaba técnicas tradicionales para emitir sonidos. De allí surgió la inspiración para la música de los westerns de Sergio Leone, que marcaron uno de los muchos hitos de su carrera.
¿Quién puede evitar evocar el comienzo de «Por un puñado de dólares» (1964) al escuchar el silbido que oficia de melodía, que ya es un clásico? Marco, quien en los últimos treinta años estuvo muy cerca de su padre, sostuvo que al observarlo mientras componía logró «comprender hasta qué punto estaban presentes en él la genialidad, el arte de la intuición y el gusto por la experimentación de un gran compositor».
Lo demuestran la banda sonora de «El bueno, el malo y el feo (1966), cuya melodía imitaba el aullido de un coyote; el arreglo con sonidos de latas para la canción «Il Barattolo», de Gianni Meccia -que salvó de la quiebra a RCA- o la magistral sinfonía compuesta para «Los odiosos ocho» (2015), el western de Quentin Tarantino por el que, finalmente y a modo de revancha, Morricone obtuvo el Oscar a la mejor banda sonora, un premio que se le había escapado de las manos muchas veces e injustamente (más allá de la estatuilla honorífica a la carrera que recibió en 2006). «El documental muestra la carta del maestro Boris Porena, su compañero de estudios, quien, luego de escuchar la banda sonora de la película ‘Erase una vez en América’, sintió la necesidad de escribirle, en la creencia de que tal composición solo podía venir de una persona con extraordinaria sensibilidad y técnica.
Ese testimonio fue muy importante para él, a pesar de ser un hombre en constante tormento», señaló Marco.
El verdadero «tormento» de Ennio era hallar la música apropiada para una película, lograr la convergencia entre los lenguajes de la música y el cine. De hecho, muchos realizadores admiten que sus bandas sonoras aportaban nuevas «imágenes» a los films. Un compendio de esas composiciones podrá escucharse en el espectáculo «Ennio Morricone, The Official Concert Celebration», cuya gira mundial comenzará en Tokio bajo la dirección de Andrea, otro de los hijos del maestro, también compositor. «Lo que anhela la familia Morricone -concluyó Marco- es que la música de papá siga viajando por todo el mundo, que su fuerza expresiva pueda volver a calar en el alma de su público y que le pueda dar a nuestro padre una longevidad merecida». (ANSA).













