«Damos la bienvenida a cualquier intento de encontrar la paz. Y si la llegada del papa Francisco puede contribuir a esto, lo esperamos. También es importante que venga y vea por si mismo lo que sucedió aquí», dijo a ANSA Andrei Golovin, sacerdote de la Iglesia ortodoxa de Bucha, la ciudad al noroeste de Kiev golpeada por los rusos.
Lo afirmó al final de las celebraciones de la Pascua ortodoxa.
Que dos mujeres, una rusa y una ucraniana, lleven la cruz «es una buena idea de unidad, pero uno de los dos bandos debe admitir sus pecados y arrepentirse», añadió en referencia al Vía Crucis celebrado en Roma días atrás.
No es una Semana Santa como cualquier otra en Bucha, la localidad al noroeste de Kiev que se ha convertido en el símbolo de la violencia de la invasión rusa. Pero si la Pascua es «una luz de esperanza, si Cristo ha vencido a la muerte, Ucrania también podrá resucitar», le dijo el padre Golovin a los fieles durante la celebración en la iglesia ortodoxa de San Andrés, tratando de hacerles vislumbrar una mirada al futuro.
Allí mismo, en el suelo detrás de la iglesia, se encontró hace unas semanas una fosa común con decenas de cadáveres.
Ahora ese macabro entierro ha sido vaciado y allanado, pero la tierra suelta recuerda a cada mirada la furia del enemigo.
«Que el Papa Francisco venga aquí para ver con sus propios ojos lo que pasó», afirmó el religioso a ANSA al margen de la celebración. «Y si su llegada puede ayudar a encontrar la paz, la esperamos», acotó.
«La única esperanza está en el Señor, que da fuerza, confianza y valor a nuestros defensores. Es muy importante ahora que nuestros combatientes no se guíen por el odio a sus enemigos, sino por el amor a sus seres queridos, a sus esposas, a sus hijos», acotó Golovin. «Les estamos muy agradecidos y queremos que Dios los bendiga. Y aunque celebran este día no con sus familias, sino en albergues y trincheras, rezamos para que esta festividad no les resulte menos alegre que de costumbre», agregó. .
Los fieles, que llegaron a cuentagotas, entraron en la iglesia bajo un cielo gris y amenaza de lluvia, y salieron con el sol iluminando los tejados de Bucha, muchos ennegrecidos por las llamas o destruidos por las bombas. Familias, ancianos, un par de soldados de defensa territorial entonan cantos y oraciones, encienden velas y ofrecen canastas llenas de alimentos a la bendición del sacerdote, uno por uno, según la tradición: hay pan, huevos de colores, tortas de Pascua, salames, galletas y hasta alguien le metió una botella de vodka.
Pero queda la celebración es a medias, Elena y Natalia lo dicen. «Está todo destrozado, no hay trabajo, no hay escuela para los niños. Nadie sabe cuándo volverá a empezar la vida», deslizan conmovidas.
Las estimaciones de Bucha, aún provisionales, hablan de más de 400 muertos. «Pero hay muchos más», asegura Gennadiy, que viste el uniforme de voluntario. «Estamos despejando la zona y poco a poco vamos encontrando otros cadáveres», acota.
Aleksandr, por su parte, vive en Kiev, pero vino a Bucha precisamente por Semana Santa. «Esta vez era más importante venir a rezar aquí, por el futuro de Ucrania», apunta. El dolor de los que no quieren hablar brilla a través de los ojos de una anciana, protegida por su gorro de lana, con la cabeza hundida en sus hombros curvos.
Mientras tanto, las calles exteriores a la iglesia han sido limpiadas de cadáveres esparcidos por el asfalto y vehículos blindados rusos, un trágico recordatorio de un mes de violencia injustificada.
Los tanques del enemigo, o lo que queda de ellos, han sido llevados a un terraplén a las afueras de la ciudad, que se ha convertido en una especie de vertedero: decenas de ellos yacen, devorados por las llamas, sus orugas arrancadas y sus armas desafiladas. A su lado se encontraban autos civiles, acribillados a balazos o aplastados, algunos aún con sus ropas y efectos personales en el asiento trasero.
Y en el cementerio de Bucha hay innumerables tumbas recién excavadas para los entierros más recientes. Largas hileras de cruces sobre la tierra aún fresca, banderas ucranianas, flores amarillas y azules, hogazas de pan y dulces para los muertos más jóvenes.
Hay fotos, nombres y dos fechas que encierran una vida demasiado corta. Nacieron en 1990, en 1997, en 2003.
Todos fueron asesinados en marzo de 2022. (ANSA).














