La ilusión monarca y el Estado neoliberal

Por Matias Cerletti

Hace algo más de un año que me encuentro con mis conocidos hablando de la necesidad de buscar trabajo; los que ya lo tienen, sobreviven con el resabio de fin de mes y proyectan pequeñas aventuras como cambiar el calzado, visitar a alguien que vive lejos o hacer algún regalo especial. Para cada uno hay un factor común: lo que compartimos, tanto los desempleados y los que no, y sobre todo la generación que vamos camino a los treinta, es una tristeza que antes no estaba, como si en algún momento, mientras celebrábamos y nos armábamos grandes historias en la cabeza, nos hubieran levantado muros alrededor.

Esa sensación de ahogo, que empezó a tornarse una sensación de época, se fue manifestando como la profundización de un modelo de Estado: el resurgimiento del neoliberalismo. No confundir con ausencia del Estado: el Estado está presente en todos los derechos arrancados, en en el ajuste, en la decisión de terminar con puestos de trabajo, en cada despido y en cada pibe y en cada piba víctimas del hambre y el gatillo fácil. El neoliberalismo es un modelo que violenta todavía más la violencia que el sistema en sí mismo ejerce. Y mientras yo mismo pensaba en cómo salir de este encierro me acordé de La Ilusión Monarca, una novela breve de Marcelo Cohen; probablemente porque suelo recordar por sensaciones más que por anécdotas, y La ilusión Monarca es una novela extremadamente sensorial.

Se publicó por primera vez en 1991 en el libro de relatos El fin de lo mismo, pero funciona en solitario. Se me hace difícil abordarla porque tiene mucho para contar, pero voy a ir por el lado del encierro. Lo primero que me llama la atención es que antes de que aparezca la novela aparece el lenguaje, preciso, rítmico, más poético que literal, y recurrente en metáforas –¡hay que aprender de Cohen a usar metáforas!-, describiendo un paisaje. Acá el primer llamado de atención: es un paisaje vivo, nada de andar situándonos a esperar que algo pase, las cosas pasan ya en ese mar que aparece, una naturaleza que reacciona, avisa que va a ser la protagonista de la novela.

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La sintaxis permanece y entre las palabras comienza a surgir la anécdota: una prisión en la playa, el nuevo proyecto punitivo del gobierno. Dos muros de hormigón ridículamente altos la encajonan y se adentran cientos de metros al interior del mar. Así los presos quedan como bañeros en un día de verano: a la intemperie, sobre la arena, entre las palmeras, pero manteniendo un lenguaje y una organización carcelaria. Por donde entran no salen –como en toda cárcel-, porque están los policías que disparan, como siempre, a matar. El único lugar no vigilado es el mar, y la única vía de escape si alguno de los presos lograra nadar varios metros y rodear los muros.

La primera vez que la leí fue en el marco del LITIN, un taller de escritura, en dónde la consiga de ese año fue escribir distopías. Esta novela era el ejemplo de una distopía, pero hoy creo que es algo más, y acá el segundo llamado de atención: los elementos de coerción –que en las distopías suelen tener características propias-, siguen siendo los mismos que en la actualidad, y las leyes penales daría la sensación de que también. Lo que Cohen modifica en esta novela es la situación de encierro, no deja a merced de esa inmensidad que es la playa; lo otro es que los personajes no son héroes, son humanos recluidos a los que se les promete una salida: el mar. Ninguno intenta modificar el sistema de encierro, sólo quieren ser libres, pero el escape no es sencillo ni rápido, así el giro es que la distopía comienza a suceder en el interior de los presos, que van cayendo víctimas de la imposibilidad de alcanzar la única meta que los ayuda a sobrellevar los días: “(…) El mar es una ilusión de continuidad que a cada instante se pulveriza en violencias”.
Desde el arribo agresivo, despiadado del gobierno de Cambiemos, de su avanzada, su desamor con el resto de los seres humanos, aparece el mar. Ese mar que hay que vencer porque las posibilidades se agotan y que a la vez es uno mismo intentando encontrar respuestas a la vez que resiste y sobrevive: “(…) Más real ahora que la cárcel, sólo se preguntará cómo sumergirse mejor en el mundo cuando salga, cuál la fácil brazada, cómo estar de veras donde esté; no qué hacer, no adónde llegar, sino cómo seguir estando; si es que la cabeza le da para pensar de esa manera”. Mientras que en las distopías suele haber una maquinaria controlada por personas, en La ilusión Monarca el territorio es la maquinaria; el mar, la promesa de una salida, la ilusión de cambiar la vida, es el mecanismo de control porque al mismo tiempo es la imposibilidad, es decir, la promesa de un deseo irrealizable. Por eso los presos resignan el tiempo de su encierro, incluso hasta poner en juego su vida, para encontrar la manera de adentrarse en ese mar.
Sé también que hablé de la no literalidad, pero desde que hice la relación con el actual gobierno, no puedo dejar de mencionar este párrafo: “Las deudas contraídas por el estado moribundo con los prestamistas, extranjeros algunos, otros vernáculos, las pagaban ahora la mayoría de los habitantes del país en forma de rencor mutuo, degradación, desconcierto y hambre. De lo que había sido un sueño nacional apenas quedaban ciertas instituciones no más resistentes que crisantemos secos. Entre un gobierno y otro, variadas perversiones caían sobre la población como cae la basura de una bolsa agujereada”.

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Creo que La Ilusión Monarca es una novela enorme, me atrapó cuando la leí la primera vez, no subestima al lector, tiene un trabajo artesanal impecable y la historia funciona muy bien con el lenguaje y el tono. Hoy regresa para ayudarme a entender –y a sentir- un poco mejor, para escribir este texto que quería escribir desde hace un tiempo, sobre lo que se siente que la política de Estado sea levantar muros, y uno se vea obligado a licuar los días encontrando la manera de enfrentar un mar gigantesco e imposible.

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