Las mujeres de Alice Munro

Por Julia Moretti. El camino en cualquier profesión o desempeño laboral siempre fue y es más difícil para las mujeres. Los varones suelen cobrar un sueldo más elevado por realizar las mismas tareas y alcanzan los puestos de poder y de toma de decisión más rápido que nosotras; en ambos casos, nunca se cuestiona su capacidad o cómo lograron tal o cual beneficio. Por el contrario, si las mujeres logran alguna de estas dos, siempre va a haber un dejo de sospecha.

En el caso de la literatura, a nivel mundial, es probable que conozcamos –y hayamos leído– numerosas escritoras mujeres: cuentos, novelas, poesías y ensayos. Sin embargo, al momento de buscar rankings o de saber cuáles son los mejores escritores y escritoras, sólo aparecen nombres masculinos: Gabriel García Márquez, Franz Kafka, Ernest Hemingway, Mario Vargas Llosa y la lista sigue, acompañada de fotos en blanco y negro o a color de cada uno de los escritores más influyentes de la historia de la literatura.

Por otro lado, la lucha por el Premio Nobel también fue –y sigue siendo– un territorio netamente masculino; hasta diciembre de 2017 las mujeres representaban sólo un 5 por ciento de los ganadores después de 116 años de historia. Además, hace dos entregas que no gana una mujer en ninguna de las categorías: Física, Química, Medicina, Economía, Literatura y Paz. El porcentaje con una sola cifra genera bronca, pero este artículo pretende retomar algunos cuentos de una de las ganadoras del Premio Nobel de Literatura en 2013, Alice Munro.

Alice Munro es una escritora canadiense de 87 años, autora de varias novelas y colecciones de cuentos. Recibió numerosos premios literarios y, cuando le entregaron el Premio Nobel la citaron como la “Maestra de la historia corta contemporánea”, convirtiéndose en la decimotercera mujer en recibir este galardón y la primera en Canadá. Hace pocos años dejó de escribir pero sus textos pueden encontrarse en librerías y en formato digital fácilmente.

En el volumen I de Todo queda en casa, Alice Munro realiza una primera recopilación de sus mejores cuentos: 24 historias en las que las protagonistas son mujeres, ambientadas en varios puntos de su Canadá natal. Los cuentos trascurren entre la década del 50 y el 60 y este no es un dato menor teniendo en cuenta los roles sociales que históricamente se nos han asignado a las mujeres y más aún décadas atrás. Las mujeres debíamos centrarnos en nuestra familia, maridos e hijos y desarrollar ese papel a la perfección. Sin embargo, hace 60 años, Munro se animó a darle una vuelta de tuerca a esa concepción.

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“El sueño de mi madre” es un cuento narrado por una mujer, la hija, que cuenta la historia de su madre, Jill, cuando la tuvo. El padre había muerto en la guerra, entonces Jill, a punto de dar a luz, tiene que vivir en una gran casa junto a su suegra y sus dos cuñadas. Cuando la bebé nace, después de un parto doloroso, empiezan los problemas: la protagonista no logra que su hija quiera amamantar y ésta llora desesperadamente cada vez que su madre la toca o intenta calmarla. Así, una de sus tías empieza a cumplir el papel de la madre: logra que deje de llorar, puede hacerla dormir y consigue que finalmente tome la teta.

En este caso, Munro rompe con la conexión madre-bebé -o el tan famoso “instinto materno”- que observamos en la mayoría de los casos y que, además, nos bombardea la televisión con sus imágenes y publicidades. Contrariamente, Jill no logra que su hija se sienta cómoda con ella y su cuñada se la arrebata cada vez que puede. Más adelante, madre e hija se quedan solas en la casa durante una noche y la pequeña continúa llorando como si estuviera al borde de la muerte. Entonces, Jill decide colocarle un somnífero en la mamadera que casi hace que no se despierte al otro día, ganándose los insultos de las cuñadas y tratándola de asesina.

Esto nos lleva a repreguntarnos y cuestionarnos los diferentes modos de ejercer la maternidad. ¿Es realmente tal y como lo pinta la televisión? ¿Es como nos dijeron nuestras madres y abuelas que iba a ser? Y si no es como nos lo esperábamos, ¿somos culpables por eso? Munro pone en tensión el vínculo madre-hija que parece ser nato y que en realidad es, en parte, social y culturalmente construido, como todos los que elaboramos a lo largo de nuestra vida.

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Por otro lado, en “Las niñas se quedan”, la protagonista es Pauline, de 25 años, madre y esposa, que asiste a clases de teatro y coquetea con el profesor, Jeffrey, un año menor que ella. En ningún momento de la historia hay indicios claros de que algo pueda llegar a suceder con él, hasta que Pauline y su familia deciden pasar un fin de semana en la playa. Como dato no tan anecdótico, es ella la que se encarga de vestir y cambiarle los pañales a la más pequeña y de entretenerlas llevándolas a jugar con la arena.

En un punto de la historia, alguien la llama al teléfono de la hostería donde se alejaban; era Joffrey, que la había ido a buscar para que se fuera con él. Cuando se lo dice a su esposo, él le responde: “Las niñas se quedan. Ya me oíste” y le repite: “Las niñas se quedan”. Luego, Pauline se va con Joffrey, dejando a su marido y a sus hijas. Luego, la autora deja entrever que la protagonista retoma la relación con sus hijas cuando éstas ya crecieron, las cuales tienen vagos recuerdos de esas vacaciones en la playa; no la odian, ni la perdonan por haberse ido o quedarse lejos. Simplemente parecen haberlo aceptado.

Este cuento parece invertir los roles. Pauline tiene una relación paralela con un hombre más joven que ella y termina dejando a su marido e hijas para irse con él. ¿Cuántos casos conocemos en los que el protagonista de historias así son varones? ¿Cuántas veces éstos terminan reanudando el vínculo con sus hijos e hijas? Y más importante: ¿cuál es el modo de juzgar a varones y mujeres por hacer lo mismo? La historia puede remontarnos también a la película Los puentes de Madison y a la icónica escena final en la cual Meryl Streep decide quedarse en la camioneta con sus hijos y no irse con Clint Eastwood después de haber vivido un fin de semana juntos y de haberse sentido mejor que nunca.

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En los 24 cuentos, Munro plantea situaciones similares, además de colocar como protagonistas a personas del género femenino. Si las ubica como madres y esposas, siguiendo los roles tradicionales, no las hace cumplir esas tareas como la sociedad esperaría que lo hicieran. Son madres a las que les cuesta generar una relación con sus hijos y que, en determinada situación, deciden dejarlos con sus padres e irse lejos.

Las demás historias siguen la misma línea pero, además, la autora también hace explícita varias relaciones de solidaridad entre las mujeres que construyen vínculos dentro de los cuentos. En “Escapada”, Carla es una joven que, con la ayuda de su vecina, la señora Jamieson, trata de huir del pueblo escapando de su esposo, un ferviente machista y maltratador. Evidentemente, tejer estos lazos entre nosotras siempre sirvió y nos salvó y ahora tienen nombre: sororidad.

Cuestionables o no, Alice Munro desmitifica las maneras del ser mujer, madres y esposas. La ganadora del Premio Nobel de Literatura plantea diferentes modos de llevar a cabo las exigencias que se nos han impuesto o, mejor dicho, muestra lo mejor que estas mujeres pudieron hacer con ellas. Agencia Paco Urondo.

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